Hace
poco he visto un reportaje en televisión, más bien una noticia de estas de
relleno, pero que me hizo pensar. Trataba sobre la iniciativa de Mensajeros de
la Paz, en concreto de Ángel García Rodríguez, el sacerdote fundador de esa
ONG, que dado el volumen de gente que acudía a sus comedores sociales, se había
visto obligado a transformar su despacho en comedor, aparcando los ordenadores
en los pasillos y disponiendo así de espacio para mesas y sillas para dar
comidas a los necesitados. Este buen hombre, que lo es, decía que la iglesia
debería habilitar las catedrales y otros espacios para este mismo fin, dar de
comer a las víctimas de esta crisis. Por supuesto su iniciativa cayó en saco
roto. La jerarquía de la Iglesia en España no se ha pronunciado sobre el tema.
No es mi intención, ahora, criticar a la Iglesia, sino más bien congratularme
por la existencia de gente buena y solidaria. Ya hace mucho tiempo que vengo
sosteniendo que nosotros, los españoles, somos gente muy solidaria y no dejo de
enorgullecerme cuando ante cualquier catástrofe mundial somos de los primeros
en responder o acudir. Terremotos, inundaciones, o guerras, provocan aluviones
de donaciones por parte no solo de nuestro gobierno, sino de los españoles de a
pie. Esta cultura de la solidaridad también se demuestra en el índice de trasplantes,
el índice de donaciones por millón de habitantes es, en nuestro país, el más
alto del mundo. Ahora, con la que nos está cayendo, surgen
multitud de padres Ángel, ya bien sea trabajando en ONGs como Cáritas, la Cruz
Roja, bancos de alimentos, o gente anónima e incluso de empresas privadas, que
las hay que también son solidarias. Esto, quizás, sea el único lado positivo de
esta crisis, que nos ha permitido vernos en verdad como somos y de lo que somos
capaces de hacer. Decía Thomas Hobbes en
su obra Leviatán que “el hombre es un
lobo para el hombre”, remarcando así que el egoísmo es básico en el
comportamiento humano. En España, le estamos demostrando que, afortunadamente,
estaba equivocado.
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