Si preguntásemos en la calle que
es una ILP, probablemente la gran mayoría de los encuestados desconocería que
se trata de la principal herramienta que reconoce la Constitución a los ciudadanos
de este país para pedir a las Cortes cambios en las leyes. La iniciativa legislativa popular quizás sea
tan desconocida para los españoles debido a que el Congreso ha hecho oídos
sordos a las sesenta y seis que se han presentado, hasta el final de la IX
legislatura, desde 1983, año en que se presentó la primera. Es decir, que todas
las propuestas legislativas presentadas en el Congreso a través de este medio han
sido rechazadas. La última de ellas se presentó en junio y era una proposición
de ley sobre la eliminación de las prebendas de la clase política cesada. No
llegó a debatirse en la Mesa del Congreso porque ni siquiera fue admitida a
trámite, alegando que para esos temas sólo tienen potestad reglamentaria las
propias cámaras. En fin, “yo me lo guiso,
yo me lo como”.
Con la iniciativa de proposición
de ley sobre reclamación de deudas comunitarias que fue presentada en 1997 se
produjo la única excepción ya que parte de la propuesta fue recogida en la reforma
de ley de propiedad horizontal de 1999.
Pero no podemos esperar otra cosa
de un país donde los impuestos se malgastan en ipads para parlamentarios
olvidadizos, en pagar viajes en clase Business, en indemnizaciones por
residencia en Madrid para congresistas con casa en la capital, en viajes
innecesarios, como el caso de aquella comisión del Congreso que pidió permiso
para que sesenta diputados viajasen cuatro días a Canarias a estudiar el
cultivo del plátano, en comidas de “trabajo” para las que no existe un límite
legal de gasto, en informes encargados a dedo por valor inferior a 12.000 euros
por no estar sometidos a concurso público como el informe encargado por la
Generalitat de Catalunya titulado “Análisis del grado de hibridación entre la
codorniz común y la codorniz japonesa” que costó 11.872 euros, en
aeropuertos fantasmas y en autopistas de peaje sin automóviles, en pagar multas
de vehículos oficiales, en salvar bancos que enriquecieron a sus accionistas
con la burbuja inmobiliaria y que llevan cerca de un millón de desahucios, en
fin, en tantas y tantas acciones injustificables que aun no entiendo como la mayoría este pueblo sigue
creyendo en sus políticos y continúa acudiendo a las urnas cada cuatro años.
Como tampoco es de extrañar que los beneficiarios de esa sangría desmedida de
las arcas del Estado intenten proteger ese status.
Esta forma de actuar de nuestros
políticos me recuerda a la famosa frase “todo
para el pueblo, pero sin el pueblo”, con la que en historia se identifica
al Despotismo Ilustrado. Pero quizás el caso que nuestros políticos hacen a los
ciudadanos se identifica más con la frase originaria “Tout pour le peuple, rien par le peuple” y su traducción literal “todo para el pueblo, nada por el pueblo”.
Hay un sector de la población que,
ante las conductas de nuestros políticos, mantiene que la solución es no ir a
votar. De hecho, en las pasadas elecciones generales del 20 de noviembre, sobre
un total 34.952.313 de censados con derecho a voto, 9.710.775 (28,31%)
decidieron no acudir a las urnas. Si a estos les sumamos los 333.095 votos en blanco, el total de
abstenciones arroja la suma de 10.043.870 electores que decidieron no otorgar
su confianza a ninguna formación política, un muy considerable 28,73% de los
electores frente al 30,98% con el que el Partido Popular ha obtenido la mayoría
absoluta en uno de sus mejores resultados de la historia. Pero a ellos no les importa la abstención. Aunque
hubiese una abstención del 80%, todo seguiría prácticamente igual y los escaños
se ocuparían en su totalidad, por tanto si no votas, indirectamente estás
avalando el sistema. Mientras la abstención, el voto nulo o el blanco no computen
la triste realidad es esa, que el pueblo no tiene ningún poder y sólo es
utilizado cada cuatro años para dar legitimidad a todo el entramado.
Creo que está bastante claro que lo
que la casta política llama "democracia"
no es más que una estafa a los ciudadanos que, lamentablemente, seguimos
pensando que hay dos Españas y que los míos pueden robar siempre y cuando roben
menos que los otros. Debemos tomar conciencia que está en nuestras manos cambiarlo
y tener una verdadera democracia, como los países del primer mundo, y dejar
atrás rencores añejos que solo sirven para que ellos nos enfrenten, se rían de
nosotros y sigan adelante con todos sus beneficios y prebendas a costa de
nuestro sudor, nuestra sangre, nuestras ilusiones y nuestras esperanzas.
Hay muchos que creemos que
durante las campañas electorales nuestros políticos nos muestran el dedo pulgar
y, una vez elegidos, el dedo corazón.