Ana Botella, en unas
declaraciones realizadas tras la finalización de la huelga de los trabajadores
de limpieza decía: "A mí siempre me tratan
de echar un pulso político". Nada más lejos de la realidad, los
operarios de las tres empresas concesionarias no estaban en lucha por fastidiar
a una mala política ególatra, aunque el resultado de su lucha haya tenido,
además de impedir los despidos, la virtud de desprestigiar aún más, si cabe, a
la señora alcaldesa. En ningún momento durante la duración de la huelga ha
realizado declaraciones que pudieran herir a las empresas, a la vez que eludía
hacer comentarios sobre las cifras de despidos que pretendían realizar y
contestando cuando se le preguntaba por los trabajadores: “es un problema entre empresas y sindicatos” y “el
servicio está externalizado”. Para colmo ahora pretende limitar el derecho
de huelga. Demostrando así para quien gobierna y lo que le importan sus
ciudadanos. Aunque eso ya lo demostró el año pasado cuando desde el spa de
Portugal pensaba en las víctimas del Madrid Arena.
En el inicio de todo el problema
encontramos de nuevo el mal hacer de la alcaldesa que en el pliego de
licitación impuso a las empresas una enorme rebaja en el precio del contrato.
La respuesta a esta depreciación del servicio por parte de las empresas
adjudicatarias fue intentar recortar del lado más débil, el de los
trabajadores. Las concesionarias eran tres de las mayores constructoras del
país, todas con beneficios multimillonarios a lo largo del año, y las medidas
que querían aplicar a los obreros eran despiadadas e indecentes. 1.134 despidos
para una plantilla de 6.000 empleados y rebajas salariales de hasta el 43% para
unos trabajadores cuyos sueldos oscilan entre 500 y 1.300 euros mensuales.
Lo verdaderamente importante de esta
huelga ha sido la sensación de que sí se
puede, de que no ha concluido con la derrota sin paliativos de los intereses de
los trabajadores, aun teniendo en su contra la Reforma Laboral que el Gobierno
regaló a la patronal. Y a pesar que desde el Ayuntamiento, y más concretamente desde
el despacho de la alcaldesa, se intentó demonizar la huelga ante la opinión
pública manifestando que iba contra los madrileños. Pero ante las brutales medidas que querían aplicar las concesionarias
del servicio, los ciudadanos no dudaron en ponerse de parte de los trabajadores.
Hay que dar la enhorabuena a los
huelguistas en su lucha contra tres gigantes que intentaban aprovechar las
herramientas que este Gobierno les ha facilitado para cercenarles salarios,
derechos y dignidad. El problema es que sólo se ha ganado una batalla, aún
quedan muchas si queremos tener una educación de calidad, una sanidad pública
de talla, que los dependientes tengan una vida digna, que los pensionistas no
pierdan poder adquisitivo, y tantas
otras cosas que hemos perdido desde que el PP accedió al gobierno de España.
La defensa del estado del
bienestar, de la dignidad de los trabajadores, del presente de sus familias y
el futuro de sus hijos no es una guerra de la gente de izquierdas. Es una batalla
de todos, es la lucha de la honestidad, de la decencia y de la moralidad ante
la indignidad de nuestros políticos.
Madrid ya se ha limpiado, ahora
sólo falta sacar la basura de su ayuntamiento.