Los casi cuarenta años de
democracia en España no sólo han deteriorado el sistema, han tenido también el
efecto de que ha caído en picado la calidad de los políticos que nos
“malrepresentan”. Si comparamos los nombres de los integrantes del Congreso en
1978 con los de la misma cámara en 2012 comprobamos que la importancia de estos
también se ha devaluado vertiginosamente. Probablemente en la cúspide de cada
partido la diferencia a nivel formativo es mínima, pero si nos fijamos en el
carisma y la confianza que ofrecían los diputados del inicio del sistema
democrático existe un abismo.
Acaso los militantes socialistas
no añoran a los Felipe González, Alfonso Guerra, Gregorio Peces-Barba, Tierno
Galván, Rafael Escuredo, Enrique Múgica, Javier Solana, etc. O los populares a
los Manuel Fraga, Cruz Martínez, Licinio de la Fuente, Laureano López Rodó, Federico
Silva, etc. Sin olvidarnos de los centristas Adolfo Suárez, Fernando Álvarez de Miranda, Pío Cabanillas, Francisco
Fernández Ordóñez, Joaquín Garrigues Walker, etc. O los Santiago Carrillo,
Jordi Pujol, Miquel Roca, Gabriel Cisneros, Jordi Solé Tura, Pedro Pérez
Llorca, Miguel Herrero y muchos otros que dieron lustre a las sesiones del
Congreso.
Antes teníamos el convencimiento
de que los políticos que nos representaban, los hubiésemos votado o no, eran
personas, en cierto modo, ejemplares para sus seguidores. Actualmente existe la
certeza de que, con excepción de los líderes, en política está “lo peor de cada
casa” y, claro, así nos va.
Creo que los que hemos tenido la
suerte, aunque fuésemos insultantemente jóvenes, de conocer aquellos políticos
que fueron capaces de protagonizar una transición modélica hacia la democracia
y de “parir” una Constitución, tenemos la obligación de enseñar a nuestros
hijos que la política es otra cosa y no
lo que ahora estamos viviendo.
Porque nosotros conocimos a
“hombres de estado” y no a “hombres de partido”, nosotros vimos y oímos debates
POLíTICOS, (así con mayúsculas) y no insultos generalizados, chabacanos y
vulgares. Vimos debatir y argumentar y llegar a consensos, por el bien del país.
Una sesión del parlamento nunca era aburrida, pues la oratoria en el hemiciclo
era un arte digno, entretenido y provechoso. Aquellos políticos eran
intelectuales y aunque muchos no fueran de la ideología del que escribe, merecían
mi respeto y les otorgaba credibilidad. Ahora no.
No es posible la comparación. Ahora solo hay consenso para cobrar
ResponderEliminarSi aprendiesen de aquellos y llegaran a un consenso para publicar una buena ley de educación y no estar quitando lo que puso el otro cada vez que hay cambio de gobierno. Otro gallo nos cantaría.
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