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martes, 27 de marzo de 2012

Lo que hemos cambiado


Los casi cuarenta años de democracia en España no sólo han deteriorado el sistema, han tenido también el efecto de que ha caído en picado la calidad de los políticos que nos “malrepresentan”. Si comparamos los nombres de los integrantes del Congreso en 1978 con los de la misma cámara en 2012 comprobamos que la importancia de estos también se ha devaluado vertiginosamente. Probablemente en la cúspide de cada partido la diferencia a nivel formativo es mínima, pero si nos fijamos en el carisma y la confianza que ofrecían los diputados del inicio del sistema democrático existe un abismo.

Acaso los militantes socialistas no añoran a los Felipe González, Alfonso Guerra, Gregorio Peces-Barba, Tierno Galván, Rafael Escuredo, Enrique Múgica, Javier Solana, etc. O los populares a los Manuel Fraga, Cruz Martínez, Licinio de la Fuente, Laureano López Rodó, Federico Silva, etc. Sin olvidarnos de los centristas Adolfo Suárez,  Fernando Álvarez de Miranda, Pío Cabanillas, Francisco Fernández Ordóñez, Joaquín Garrigues Walker, etc. O los Santiago Carrillo, Jordi Pujol, Miquel Roca, Gabriel Cisneros, Jordi Solé Tura, Pedro Pérez Llorca, Miguel Herrero y muchos otros que dieron lustre a las sesiones del Congreso.

Antes teníamos el convencimiento de que los políticos que nos representaban, los hubiésemos votado o no, eran personas, en cierto modo, ejemplares para sus seguidores. Actualmente existe la certeza de que, con excepción de los líderes, en política está “lo peor de cada casa” y, claro, así nos va.

Creo que los que hemos tenido la suerte, aunque fuésemos insultantemente jóvenes, de conocer aquellos políticos que fueron capaces de protagonizar una transición modélica hacia la democracia y de “parir” una Constitución, tenemos la obligación de enseñar a nuestros hijos que la política es otra cosa y no  lo que ahora estamos viviendo.

Porque nosotros conocimos a “hombres de estado” y no a “hombres de partido”, nosotros vimos y oímos debates POLíTICOS, (así con mayúsculas) y no insultos generalizados, chabacanos y vulgares. Vimos debatir y argumentar y llegar a consensos, por el bien del país. Una sesión del parlamento nunca era aburrida, pues la oratoria en el hemiciclo era un arte digno, entretenido y provechoso. Aquellos políticos eran intelectuales y aunque muchos no fueran de la ideología del que escribe, merecían mi respeto  y les otorgaba credibilidad. Ahora no.

2 comentarios:

  1. No es posible la comparación. Ahora solo hay consenso para cobrar

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  2. Si aprendiesen de aquellos y llegaran a un consenso para publicar una buena ley de educación y no estar quitando lo que puso el otro cada vez que hay cambio de gobierno. Otro gallo nos cantaría.

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