Tras todos los actos y fastos
organizados para despedir a Adolfo Suárez y viendo, ya desde la lejanía, las
declaraciones de unos y otros y los titulares de los informativos y de los
periódicos quiero analizar estos días desde la muerte del expresidente.
Tuve la suerte de vivir la
transición, al menos en lo que a ilusión supuso, y he de reconocer el mérito de
Adolfo Suárez entonces. Viniendo de la Falange llegó en 1975 a Ministro
Secretario General del Movimiento, y supo cerrar un ciclo y abrir otro contando
con la oposición a la que tuvo que enfrentarse. Y cuando hablo de antagonistas
no me refiero a la izquierda antifranquista, porque ésta, la exiliada o la
clandestina, con tal de volver a ocupar un sitio en el panorama político
español estuvo dispuesta a pactar y a dar carpetazo a cuarenta años de
dictadura obviando las víctimas y sin culpables. La verdadera oposición la
encontró Suárez en los franquistas fanáticos que ocupaban altos cargos tanto
políticos como militares. Fue la transición del miedo. Miedo en una población y
en unos representantes de izquierda que temían un nuevo levantamiento del
ejército si demandaban más de lo que les ofrecían. Temor en los órganos del
Estado, por un lado, a que la oposición de la población a la dictadura creciese
hasta dar lugar a una revolución, y por otro, al entorno internacional que
exigía ya una democratización de la sociedad española.
Pero de lo que realmente quiero
hablar es de los aduladores, lisonjeros y tiralevitas que hemos visto todos
estos días entre nuestros políticos y los medios de comunicación que le
atacaron con todo lo que tenían a mano mientras estuvo en activo e incluso
después de su dimisión y retirada de la vida política. Y es que al final Suárez
no gustaba a nadie ni dentro de la UCD, su propio partido, ni a la cúpula
militar, ni por supuesto a la oposición, ni a una parte de la iglesia ni a los
medios de comunicación. Todos, sin excepción, lo invitaron a irse.
Yo creo que Adolfo Suárez, del
que nunca fui partidario, fue un político honrado que hizo lo mejor que supo y
le permitieron hacer con lo que había y hasta donde se podía llegar. Y hay que
reconocerle que estuvo ahí y que, probablemente, sin él no se hubiese dado una
transición como la que tuvimos. Eso nunca lo sabremos.
También mantengo que Suárez murió
tres veces. La primera cuando en 1991 dimitió como presidente del CDS y
renunció a su escaño en el Congreso. La segunda cuando su hijo anunció en 2005
que padecía Alzheimer y que ni siquiera recordaba que había sido presidente del
gobierno. Y la tercera, la física, en la que hemos podido volver a comprobar la
catadura moral de muchos de nuestros políticos y periodistas. Aunque lo de los
primeros no es de extrañar viendo el respeto que muestran por los vivos que les
han votado.
Sinceramente creo que ha muerto un hombre
honesto que creyó en su pueblo y que intentó hacerlo lo mejor posible. Descanse
en Paz