Ayer, aunque no esperaba nada
positivo, estuve pendiente de lo que decían nuestros políticos en sus
actuaciones en el debate sobre el estado de la nación, porque son eso,
actuaciones. Tras la farsa de las comparecencias de nuestros representantes,
por desgracia electos, no pude extraer nada provechoso.
Rajoy se presentó como el mesías
anunciado por los antiguos profetas, tanto que sin su presencia y su gobierno
en el último año los españoles nos habríamos despeñado en el abismo. También
anuncia que gracias a los sacrificios emprendidos se comenzarán a recoger los
frutos de su política de recortes. Es decir, crecerá la economía, bajará el
paro e incluso él podrá cumplir su programa electoral, siempre que pueda
recordar donde lo tiró. Y pide a los ciudadanos un acto de fe basado en sus
logros. ¿Qué logros? La deuda española ha crecido en 2012 en 146.000 millones
de euros, lo que nos da la nada desdeñable cifra de 400 millones de euros al
día, que supone el 84% del PIB. Esa es una realidad terrorífica pero aunque su
partido ha estado gobernando en este último año, ese aumento desmesurado del endeudamiento
es culpa del gobierno anterior y no de una mala gestión del suyo.
A mí me dio la sensación de que Mariano
Rajoy hablaba de otro país distinto al real, el de la calle. Aun no entiendo
como en su discurso puede hablar de optimismo y no hablar de desahucios. Y es
más, en hora y media no pronunció ninguna vez la palabra Bárcenas. Ahora
recuerdo que en la trilogía de “El
padrino” tampoco se pronuncia ninguna vez la palabra “mafia”.
Rubalcaba en su exposición pareció
un poco más al tanto de la vida real, la que se da fuera de los círculos
políticos. Enumeró lo que desde su partido consideran errores interesados de
Rajoy en política económica, recordó a Rajoy el caso Gürtel y a Luis Bárcenas y
le dijo que sus políticas sociales están llevando a mucha gente a la miseria. Pero
falló en sus propuestas y en sus alternativas y además carga con la rémora de
haber sido vicepresidente del gobierno con Zapatero y realizar ahora, cuando
está en la oposición, propuestas que bien pudo haber llevado a cabo cuando
estaba gobernando. Y de haber arrojado a una gran cantidad de sus votantes en
brazos del PP como resultado de su anterior gestión. También da la sensación de
que una parte del PSOE no cree en él como la persona indicada para volver a
llevar a esa formación política a lo que un día fue.
Lo que nos queda a los ciudadanos
tras el debate es la creencia de que vivimos en un país en vías de
subdesarrollo en el que ni todos somos iguales ante la ley ni pagamos equitativamente.
Nos queda la sensación de que la riqueza es producida por los agricultores, los
marineros, los albañiles, los trabajadores sociales, los empleados sanitarios,
los profesores universitarios, los maestros, los camareros, los jueces y
abogados, los funcionarios, los artesanos y un largo etcétera de gente
trabajadora para que se la repartan los miembros de la casta política y sus
allegados, sólo interesados en mantener sus prerrogativas.
También nos queda la amarga sensación
de que el Estado de Derecho es algo ya pasado y caduco que sólo pertenece a los
libros de historia.
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