Ana Mato, ministra de sanidad,
vive. Llevaba meses desaparecida y nadie había oído hablar de ella pero,
desgraciadamente, ha vuelto a dar señales de vida para amargar la misma a los
más necesitados, los enfermos. Y es que el ministerio de sanidad va a imponer
el pago por los traslados en ambulancia para tratamientos no urgentes. A partir
de ahora todos los pacientes, pensionistas incluidos, tendrán que pagar cada
vez que sean trasladados en ambulancia para recibir tratamientos no urgentes. Tienen esta consideración de tratamientos no
urgentes los enfermos crónicos, oncológicos y los pacientes de hemodiálisis. También
habrá que pagar el traslado del
Hospital a casa después de recibir el alta clínica o en urgencias,
aunque el médico considere necesaria la ambulancia.
Considero que esta medida constituye
una nueva aberración en la ya larga lista de las cometidas por nuestro
gobierno, pero esta vez dirigida a un sector de la población, quizás más
indefenso por circunstancias sobrevenidas y no deseadas, ese tramo de
ciudadanos que lleva toda su vida pagando Seguridad Social. Esa gente que ahora
necesita transporte para acudir a quimioterapia, radioterapia, fisioterapia, hemodiálisis
y multitud de tratamientos que se administran, en ocasiones, a muchos
kilómetros del domicilio del enfermo y cuyos traslados no son urgentes. Esa
gente que durante toda su vida ha sido solidaria y ha pagado sus impuestos para
mantener las prestaciones sociales que ofrecía el Estado del Bienestar, ese que
el PP está demoliendo desde sus cimientos, entendiéndose por estos, justicia,
sanidad y educación. Esa gente que lleva el corazón en un puño cuando va camino
del centro médico, donde se les debe administrar el tratamiento, porque no saben
en qué condiciones van a salir de allí y que a la vuelta a sus casas van
prácticamente desechos. Esa gente a los que los señores del PP les añaden
también la preocupación de tener que volver a abonar el medio de transporte que
ya han pagado a lo largo de su vida. Esa gente que ve como sus impuestos se
utilizan para salvar de la quiebra las Cajas de Ahorro gestionadas por los
políticos mientras se suprimen prestaciones sociales que debieran ser el primer
destino de esos tributos.
Pero según nuestro gobierno no
hay dinero para nada y sólo hace tres días aprobaron un reglamento por el que
los diputados que viajen al extranjero lo harán siempre en clase preferente, es
decir, para ellos si hay dinero. Nuestros congresistas siguen teniendo una
tarjeta para desplazamientos en taxis de 3000 euros, y esos trayectos tampoco
tienen la consideración de urgentes pero, ya sabemos, donde hay clases no se
puede pretender que todos seamos iguales.
Esta crisis nos ha situado ante
una situación excepcional que necesita que nuestros dirigentes tomen medidas
excepcionales, pero estas medidas deben tomarse de arriba hacia abajo, nunca al
contrario. Pero en este país, al que muchos en internet ya conocen como
Españistán, se legisla maltratando a las clases más desfavorecidas, haciéndolas
más pobres y llevándolas, en muchas ocasiones, a la miseria. Quizás ante esta
medida habría que preguntar a nuestros gobernantes qué es para ellos una urgencia.
¿Un dolor, un desmayo, una mutilación? ¿O quizás debería ser gratuita sólo
cuando hay pérdida de la propia vida? ¿O cuánto cobrarán por retirar los cadáveres
que aparezcan en las viviendas de enfermos no pudientes?
Nuestro gobierno parece ignorar
que, en situaciones como la que estamos viviendo, la historia nos ha demostrado
que el poder del pueblo acaba por imponerse, que cuando se exprime y se
desprecia a la población de la manera que ellos lo están haciendo termina por
generarse una convulsión social que acaba generalmente por poner a los
gobernantes en su sitio, algunas veces de forma no cruenta. Yo ya llevo meses
preguntándome dónde se encuentran escondidos los cinco millones de parados, los
nueve millones de pensionistas, los doce de mileuristas o los dos de
funcionarios; o cuánto están esperando para salir de sus casas. Porque todos
juntos en la calle, aun pacíficamente, constituimos una fuerza al que ningún
gobierno se puede oponer y al que ningún grupo de políticuchos puede parar.
Sólo queda
decir que para las próximas elecciones los expertos sanitarios advierten que
votar al PP perjudica seriamente a la salud.
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