Nuestro sistema político agoniza,
y en este diagnóstico no caben ya segundas opiniones. No parece normal que un
régimen democrático esté agotando su crédito después de solo treinta y cuatro
años de existencia. Pero nuestro estado constitucional degenera enfermo. Sufre
una plaga de parásitos que lo han convertido en un paciente terminal y que lo
mantienen vivo artificialmente para seguir viviendo a expensas de él. Unos
aprovechados que no se han preocupado, desde la venida de la democracia, en
buscar otra forma de subsistir que no sea la política. Y esa plaga se ha ido
extendiendo, creciendo, medrando y perpetuando. Estos profesionales de la
política, que en algunos casos nunca han trabajado en otra cosa, han degradado
un sistema que en su día fue modelo para muchos países. El espíritu de nuestra
modélica transición de la dictadura a la democracia se ha perdido en la
historia reciente. El altruismo, la honradez y el servicio al país ya no
existen, ahora solo se mencionan en campañas electorales.
Da exactamente igual que gobierne
la derecha que la izquierda. Son lo mismo. No hay más que mirar los consejos de
administración de las cajas de ahorro. En ellos coexisten fraternalmente representantes
políticos de los partidos mayoritarios así como sindicalistas de las centrales
más significativas. Esos que cuando acaba una sesión del congreso, del senado,
de las asambleas de las comunidades autónomas o un pleno de cualquier
ayuntamiento son capaces de irse a tomar una copa con el adversario y darle
palmaditas en la espalda. Esos que nos llaman para protestar cuando están en la
oposición, pero que luego, cuando no los vemos, se abrazan cordialmente y se
buscan mutuamente un retiro dorado cuando dejan la vida pública. Para ellos,
sus familiares y sus adláteres la ley es muy flexible y se puede bordear siempre
en su propio beneficio. Esos que han conseguido que diez millones de personas
no ejerzan su derecho al voto por estar desencantados de un sistema que
consideraban suyo y que para lo único que cuentan es para pagar los desmanes
del ejército de sablistas que estamos manteniendo. Y es que estamos pagando el
sueldo de 400.000 políticos, que no cobran el salario mínimo, precisamente.
Esos que nos reducen el sueldo a los demás mientras que los suyos solo
aumentan. Esos que se oponen a que haya cambios en la Constitución que posibiliten
que el pueblo pueda participar más activamente de las decisiones sobre su
futuro. Esos que se niegan a que haya modificaciones en la ley electoral porque
se les acabaría o reduciría su principal fuente de ingresos. Esos que solo conciben
la democracia cada cuatro años. Esos que han diluido el vino de la ideología en
el agua de la economía y el beneficio. Por eso saldremos a la calle, e
inyectaremos un antibiótico de pacífica participación ciudadana a ese enfermo
terminal que es nuestro sistema político, con la unidad, lo desparasitaremos, con
nuestra presencia lo confortaremos, con nuestra actitud lo salvaremos. La
democracia es nuestra, y nadie nos la va a quitar.
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