Imagen

Imagen

viernes, 11 de mayo de 2012

Un enfermo terminal


Nuestro sistema político agoniza, y en este diagnóstico no caben ya segundas opiniones. No parece normal que un régimen democrático esté agotando su crédito después de solo treinta y cuatro años de existencia. Pero nuestro estado constitucional degenera enfermo. Sufre una plaga de parásitos que lo han convertido en un paciente terminal y que lo mantienen vivo artificialmente para seguir viviendo a expensas de él. Unos aprovechados que no se han preocupado, desde la venida de la democracia, en buscar otra forma de subsistir que no sea la política. Y esa plaga se ha ido extendiendo, creciendo, medrando y perpetuando. Estos profesionales de la política, que en algunos casos nunca han trabajado en otra cosa, han degradado un sistema que en su día fue modelo para muchos países. El espíritu de nuestra modélica transición de la dictadura a la democracia se ha perdido en la historia reciente. El altruismo, la honradez y el servicio al país ya no existen, ahora solo se mencionan en campañas electorales.

Da exactamente igual que gobierne la derecha que la izquierda. Son lo mismo. No hay más que mirar los consejos de administración de las cajas de ahorro. En ellos coexisten fraternalmente representantes políticos de los partidos mayoritarios así como sindicalistas de las centrales más significativas. Esos que cuando acaba una sesión del congreso, del senado, de las asambleas de las comunidades autónomas o un pleno de cualquier ayuntamiento son capaces de irse a tomar una copa con el adversario y darle palmaditas en la espalda. Esos que nos llaman para protestar cuando están en la oposición, pero que luego, cuando no los vemos, se abrazan cordialmente y se buscan mutuamente un retiro dorado cuando dejan la vida pública. Para ellos, sus familiares y sus adláteres la ley es muy flexible y se puede bordear siempre en su propio beneficio. Esos que han conseguido que diez millones de personas no ejerzan su derecho al voto por estar desencantados de un sistema que consideraban suyo y que para lo único que cuentan es para pagar los desmanes del ejército de sablistas que estamos manteniendo. Y es que estamos pagando el sueldo de 400.000 políticos, que no cobran el salario mínimo, precisamente. Esos que nos reducen el sueldo a los demás mientras que los suyos solo aumentan. Esos que se oponen a que haya cambios en la Constitución que posibiliten que el pueblo pueda participar más activamente de las decisiones sobre su futuro. Esos que se niegan a que haya modificaciones en la ley electoral porque se les acabaría o reduciría su principal fuente de ingresos. Esos que solo conciben la democracia cada cuatro años. Esos que han diluido el vino de la ideología en el agua de la economía y el beneficio. Por eso saldremos a la calle, e inyectaremos un antibiótico de pacífica participación ciudadana a ese enfermo terminal que es nuestro sistema político, con la unidad, lo desparasitaremos, con nuestra presencia lo confortaremos, con nuestra actitud lo salvaremos. La democracia es nuestra, y nadie nos la va a quitar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario