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miércoles, 11 de abril de 2012

Un país de fábula


Había una vez un reino en el que la gente estaba arruinada, sin trabajo y sometida al pago de unos diezmos e impuestos abusivos. El gran Chambelán explicó al pueblo que el reino debía pagar las deudas que unos brujos malvados de más allá del mar provocaron. Mientras tanto, los ricos y adinerados de ese país, en vez de contribuir con su dinero a pagar las deudas de los malvados brujos de ultramar, cada vez pagaban menos impuestos con la complacencia de unos ministros atrapados en el hechizo de sus propias mentiras. En ese reino estaba desapareciendo la clase media, quedando sólo una adinerada burguesía, que cada vez gastaba más en lujos y fiestas, mientras que el pueblo llano tenía que pagar por hacer uso de los derechos que ya sufragaba con los impuestos. La monarquía que reinaba el país había empezado a envejecer con síntomas de deterioro y empezaba a ser cuestionada por un amplio sector de la sociedad. Algún príncipe y princesa ya no eran felices porque habían comido demasiadas perdices que no eran suyas. Además, para colmo de males, en ese país de cuento, la Iglesia gozaba de unos privilegios muy amplios y era mantenida por el aparato gubernamental, además portaban en sus cuellos y manos más oro que un campamento de zíngaros. Sus altos dignatarios hablaban de pobreza y de virtud, pero ellos vivían en palacios. El gran Chambelán, para mantener al pueblo entretenido y que no protestara por su terrible situación,  fomentaba y subvencionaba “la fiesta nacional”. 

¿Cuál creéis que debe ser el final del cuento?
  • a) La mitad de la población del reino se ve obligada a emigrar a otros países para poder subsistir.
  • b) El reino es sometido a intervención por parte de sus países vecinos y nombran a un nuevo Gran Chambelán y nuevos ministros y el pueblo ha de pagar durante 200 años sus deudas.
  • c) Los ricos y adinerados se rascan los bolsillos y ayudan al reino a salir del apuro.
  • d) El pueblo después de tanta tontería y de tocarle tanto las narices, se carga al gran Chambelán, a los ricos, a la monarquía, a los dignatarios de la iglesia, cruza el mar y le parte la cara a los malvados brujos que crearon las deudas y así fueron felices y comieron perdices.
Yo, de momento, no veo una solución feliz, aunque sé la que me gustaría. Pero la triste realidad es que esta estampa de un reino absolutista de un relato fantástico, que a mí me recuerda el inicio de “El cristal oscuro” o algún pasaje de Tolkien, se pueda adaptar perfectamente a la España de 2012 en el que los recortes afectan sobre todo al pueblo llano. Para los más pudientes y que menos contribuyen se les aprueba una amnistía fiscal por lo que hayan podido defraudar. La Iglesia católica no sufre recortes. Como tampoco los sufren las ayudas destinadas a la tauromaquia. Algo que ya anunció al comienzo de la legislatura el ministro de cultura: “entre otras actuaciones se encuentra la extensión de las ayudas de acción y promoción cultural a las asociaciones sin ánimo de lucro del mundo del toro, o el diseño de una campaña de comunicación para la puesta de manifiesto de los valores culturales, socioeconómicos y medioambientales de la tauromaquia en su conjunto”. Desde sectores antitaurinos recuerdan que cada año en España se destinan unos 600 millones de euros al mantenimiento de plazas de toros, promoción de festejos taurinos, premios a la tauromaquia, mantenimiento de escuelas taurinas y campañas de promoción. 

Creo que la estrategia es mantener al pueblo entretenido para que no preste atención a los graves problemas de nuestro país. Para eso no hay nada mejor que seguir el consejo de los gobernantes romanos cuando decían "Panem et circenses"

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