Había
una vez un reino en el que la gente estaba arruinada, sin trabajo y sometida al
pago de unos diezmos e impuestos abusivos. El gran Chambelán explicó al pueblo
que el reino debía pagar las deudas que unos brujos malvados de más allá del
mar provocaron. Mientras tanto, los ricos y adinerados de ese país, en vez de
contribuir con su dinero a pagar las deudas de los malvados brujos de ultramar,
cada vez pagaban menos impuestos con la complacencia de unos ministros atrapados
en el hechizo de sus propias mentiras. En ese reino estaba desapareciendo la
clase media, quedando sólo una adinerada burguesía, que cada vez gastaba más en
lujos y fiestas, mientras que el pueblo llano tenía que pagar por hacer uso de
los derechos que ya sufragaba con los impuestos. La monarquía que reinaba el
país había empezado a envejecer con síntomas de deterioro y empezaba a ser
cuestionada por un amplio sector de la sociedad. Algún príncipe y princesa ya
no eran felices porque habían comido demasiadas perdices que no eran suyas.
Además, para colmo de males, en ese país de cuento, la Iglesia gozaba de unos
privilegios muy amplios y era mantenida por el aparato gubernamental, además
portaban en sus cuellos y manos más oro que un campamento de zíngaros. Sus
altos dignatarios hablaban de pobreza y de virtud, pero ellos vivían en
palacios. El gran Chambelán, para mantener al pueblo entretenido y que no
protestara por su terrible situación, fomentaba y subvencionaba “la fiesta nacional”.
¿Cuál creéis que
debe ser el final del cuento?
- a) La mitad de la población del reino se ve obligada a emigrar a otros países para poder subsistir.
- b) El reino es sometido a intervención por parte de sus países vecinos y nombran a un nuevo Gran Chambelán y nuevos ministros y el pueblo ha de pagar durante 200 años sus deudas.
- c) Los ricos y adinerados se rascan los bolsillos y ayudan al reino a salir del apuro.
- d) El pueblo después de tanta tontería y de tocarle tanto las narices, se carga al gran Chambelán, a los ricos, a la monarquía, a los dignatarios de la iglesia, cruza el mar y le parte la cara a los malvados brujos que crearon las deudas y así fueron felices y comieron perdices.
Yo, de momento, no veo una solución feliz,
aunque sé la que me gustaría. Pero la triste realidad es que esta estampa de un
reino absolutista de un relato fantástico, que a mí me recuerda el inicio de
“El cristal oscuro” o algún pasaje de Tolkien, se pueda adaptar perfectamente a
la España de 2012 en el que los recortes afectan sobre todo al pueblo llano.
Para los más pudientes y que menos contribuyen se les aprueba una amnistía
fiscal por lo que hayan podido defraudar. La Iglesia católica no sufre
recortes. Como tampoco los sufren las ayudas destinadas a la tauromaquia. Algo
que ya anunció al comienzo de la legislatura el ministro de cultura: “entre otras actuaciones se encuentra la
extensión de las ayudas de acción y promoción cultural a las asociaciones sin
ánimo de lucro del mundo del toro, o el diseño de una campaña de comunicación
para la puesta de manifiesto de los valores culturales, socioeconómicos y
medioambientales de la tauromaquia en su conjunto”. Desde sectores
antitaurinos recuerdan que cada año en España se destinan unos 600 millones de
euros al mantenimiento de plazas de toros, promoción de festejos taurinos,
premios a la tauromaquia, mantenimiento de escuelas taurinas y campañas de
promoción.
Creo que la estrategia es mantener al
pueblo entretenido para que no preste atención a los graves problemas de
nuestro país. Para eso no hay nada mejor que seguir el consejo de los
gobernantes romanos cuando decían "Panem et circenses"
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