El secretario de Estado de
Administraciones Públicas, Antonio Beteta, ha animado a los trabajadores a que
se olviden "de tomar el cafelito y
de leer el periódico". Y hasta ahí podíamos llegar.
Podemos permitir que se recorte
en I+D+I, total son tres letras y dos signos de sumar. Que ahora quieran
ahorrar 10.000 millones en sanidad y educación, bueno tomaremos menos
ibuprofeno y rescataremos los libros de nuestros abuelos en los que al País
Vasco se le denominaba Vascongadas y en los que aprendíamos canciones como “Voy
por rutas imperiales caminando hacia Dios”. Que nos hayan congelado los
salarios. Que el despido ahora sea prácticamente libre. Que sigan dando dinero
a la iglesia y a los toros. Que nos hayan ocultado durante la campaña electoral
todo lo que iban a hacer si ganaban. Que cuando estaban en la oposición dijeran
que no conocían ningún país que hubiera salido de una crisis subiendo
impuestos. Que les pasen la mano por el lomo a los defraudadores y los traten
como al hijo pródigo. Que Mariano dijese que iba a dar la cara y después, como
es muy tímido, huyese de los periodistas. Que la mayoría de los puestos de
confianza estén emparentados con dirigentes del PP. Pero, por favor, que nos
quieran quitar también el cafelito y el periódico es una ignominia que no
podemos permitir.
El deseo de suprimir el cafelito
y el periódico matutino es un acto terrorista que debería ser penado con
prisión incondicional de al menos treinta años y un día, y sin posibilidad de
acercamiento al lugar de origen. Considero que ir contra el cafelito y el
periódico es un acto antiespañol que sólo tiene parangón con los no patriotas
que critican la sana costumbre de la siesta, algo que se debería incluir en el
código penal como Alta traición.
Hay que actuar rápidamente para
expulsar del Congreso a cualquier energúmeno que atente contra el cafelito y el
periódico. Montemos barricadas de croissants frente a la puerta de las Cortes y
lancémosles las tostadas, las magdalenas, los cafés, los churros, los zumos de
naranja, la mantequilla, el aceite con ajo, la sobrasada, los pitufos de atún, los
sobaos, los bollos preñados, los mojicones, los sobres de
azúcar y cualquier otro material susceptible de arrojar que encontremos en la
cafetería donde habitualmente desayunamos. No dejemos que nos gobiernen un
hatajo de germanófilos y afrancesados que quieren acabar con nuestras más
sagradas costumbres. Arrojémoslos de España junto con sus salchichas, las sopas
maggi y knorr, sus baguettes y el foie gras.
Nos acaban de declarar la guerra
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