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sábado, 14 de abril de 2012

Esto es la guerra


El secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta, ha animado a los trabajadores a que se olviden "de tomar el cafelito y de leer el periódico". Y hasta ahí podíamos llegar. 

Podemos permitir que se recorte en I+D+I, total son tres letras y dos signos de sumar. Que ahora quieran ahorrar 10.000 millones en sanidad y educación, bueno tomaremos menos ibuprofeno y rescataremos los libros de nuestros abuelos en los que al País Vasco se le denominaba Vascongadas y en los que aprendíamos canciones como “Voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”. Que nos hayan congelado los salarios. Que el despido ahora sea prácticamente libre. Que sigan dando dinero a la iglesia y a los toros. Que nos hayan ocultado durante la campaña electoral todo lo que iban a hacer si ganaban. Que cuando estaban en la oposición dijeran que no conocían ningún país que hubiera salido de una crisis subiendo impuestos. Que les pasen la mano por el lomo a los defraudadores y los traten como al hijo pródigo. Que Mariano dijese que iba a dar la cara y después, como es muy tímido, huyese de los periodistas. Que la mayoría de los puestos de confianza estén emparentados con dirigentes del PP. Pero, por favor, que nos quieran quitar también el cafelito y el periódico es una ignominia que no podemos permitir.

El deseo de suprimir el cafelito y el periódico matutino es un acto terrorista que debería ser penado con prisión incondicional de al menos treinta años y un día, y sin posibilidad de acercamiento al lugar de origen. Considero que ir contra el cafelito y el periódico es un acto antiespañol que sólo tiene parangón con los no patriotas que critican la sana costumbre de la siesta, algo que se debería incluir en el código penal como Alta traición.

Hay que actuar rápidamente para expulsar del Congreso a cualquier energúmeno que atente contra el cafelito y el periódico. Montemos barricadas de croissants frente a la puerta de las Cortes y lancémosles las tostadas, las magdalenas, los cafés, los churros, los zumos de naranja, la mantequilla, el aceite con ajo, la sobrasada, los pitufos de atún, los sobaos, los bollos preñados, los mojicones, los sobres de azúcar y cualquier otro material susceptible de arrojar que encontremos en la cafetería donde habitualmente desayunamos. No dejemos que nos gobiernen un hatajo de germanófilos y afrancesados que quieren acabar con nuestras más sagradas costumbres. Arrojémoslos de España junto con sus salchichas, las sopas maggi y knorr, sus baguettes y el foie gras.
 
Nos acaban de declarar la guerra

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